APUNTES EN TORNO A LA NOCIÓN DE
CÓDIGO
Como hemos visto al leer el Curso de lingüística general, Saussure
considera a la lengua, a la vez, como un conjunto de convenciones compartidas
por una comunidad y como una organización sistemática que, de manera autónoma,
determina sus unidades - y las compatibilidades e incompatibilidades básicas
entre las mismas- tanto en el plano de la expresión (o nivel del significante)
como en el plano del contenido (o nivel de los significados).
Recordemos que el concepto de convención no debe confundirse con
el principio de arbitrariedad tal como se lo desarrolla en el capítulo
“Naturaleza del signo lingüístico”. La relación entre significante y
significado es arbitraria porque no hay relación de motivación entre
significante y significado, es decir no hay razón de ningún tipo -basada en
rasgos inherentes, propios de uno u otro- para que determinado significado sea
aludido por determinado significante y no por otro; en cambio, dicha relación
es convencional porque está
fundada en un acuerdo social implícito. La convencionalidad es para Saussure la
condición misma de la existencia de otros signos que funcionan en el seno de la vida social (existencia que habilitaría a su entender, recordemos, la existencia
misma de una nueva ciencia : la semiología); la arbitrariedad, en cambio, permitiría diferenciar el
funcionamiento del signo lingüístico del de otros tipos de signos, también
convencionales pero motivados: por ejemplo, los signos icónicos
(es decir: imágenes funcionando como signos), cuyos significantes poseen algún
tipo de parecido con sus significados. Así, por ejemplo, el dibujo embrionario
de un hombre en una puerta es al
mismo tiempo un significante convencional y motivado con
respecto al significado “Aquí: baño para caballeros” (y lo mismo sucedería, por
supuesto, con el tipo de signos icónicos culturales que Saussure denomina
“símbolos”).
Recordemos también que dicha convención une de manera
indosoluble para los hablantes pertenecientes a una comunidad lingüística dos
entidades : uno o varios significados de tipo léxico y/o gramatical y una
secuencia de fonemas, determinados cada significado y cada fonema a través de
relaciones estructurales de tipo paradigmático en el seno mismo de la lengua.
Lo esencial de la teoría estructuralista del lenguaje se juega aquí, y Saussure
lo condensa en una palabra clave: sistema.
Ahora bien, hacia fines de los
años cincuenta y principios de los sesenta del siglo XX, cuando poco a poco va
tomando cuerpo el proyecto de una semiología
general como la había soñado Saussure, una nueva
palabra clave -ya usada en diferentes campos con significados disímiles-
condensará estas ideas de convención social y configuración estructural de
entidades significantes y significadas: la palabra “código”.
Vieja palabra -que aludía tanto
a métodos de encriptamiento (es decir, ocultamiento)
de información
propios del espionaje y el secreto militar (es decir al establecimiento de un
sistema de sustituciones entre un elemento presente y uno ausente), como a un
conjunto de reglas de conductas sistematizadas (como cuando se habla de “código
de honor” o “código caballeresco” o incluso de “código civil”)- revivió en el
ámbito de los estudios protoinformáticos y comunicacionales del siglo veinte en
las llamadas teorías matemáticas de la información de los años cuarenta y
cincuenta. La transmisión de información fue pensada en este marco teórico
-dicho de una forma harto simplificada- como una circulación de mensajes
entre una fuente emisora y un receptor que poseían en común un código, o
repertorio convencional de unidades , a partir del cual, por un proceso
combinatorio a partir de ciertas reglas, se podían producir todos los mensajes
posibles.
A comienzos de los años ’60 dos
textos muy influyentes en la naciente semiología europea, en diálogo explícito
con las teorías de la información, el artículo del lingüista ruso Roman
Jakobson: “Lingüística y poética” (1960)
-y, en 1963, sus Ensayos de lingüística general- y el libro del semiólogo italiano Umberto
Eco: Obra abierta (1962), asimilarían las lenguas naturales a códigos
comunicativos. Tras ellos, la mayoría de los semiólogos de tradición
estructuralista aceptarían con mayor o menor reticencia esta asimilación, por
lo menos hasta el fin de la década, cuando comenzarían fuertes cuestionamientos
de los que nos ocuparemos en la segunda unidad de esta materia.
¿Qué se jugaba en este término que,
a pesar de provenir de otras tradiciones, devino divisa identificatoria de la
semiología estructuralista clásica de los años ’60?.
En primer lugar, la posibilidad de
soldar en un término único esas dos características de las lenguas esenciales
para Saussure: la convencionalidad de la unión significante/significado y el
carácter estructural de sus unidades (que el Curso, por su parte, nunca
logró conciliar del todo por la disparidad teórica de sus orígenes) con la
existencia de leyes obligatorias
-de tipo sintagmático por cierto- para la conformación de oraciones,
enunciados o mensajes, que el Curso se negó siempre a pensar como
formando parte de la lengua.
Es interesante remarcar que estas
tres características no están presentes , las tres juntas, en todos los usos
del término “código” que recorren la bibliografía semiológica y de las ciencias
humanas del período: a veces se impone una u otra, o dos de ellas, en
detrimento de la restante. También debe señalarse que estas tres
características exceden el concepto de “código” de las teorías informacionales
y más bien reúnen connotaciones y acepciones usuales de dicha palabra en usos
diversos en la lengua ordinaria. Así, la idea de correlación y sustitución
convencional entre un elemento representante y un elemento representado, por
ejemplo, domina la acepción de código al hablarse del “codigo morse” para las
transcripciones telegráficas; la de determinación sistemática de unidades se
privilegia en el “código de las
notaciones musicales”; la de obligatoriedad, al hablarse del “código de
tránsito”. Esto último, el carácter constrictivo, el poder “de obligar” de los
códigos, no es una cuestión menor en la semiología estructuralista y supera el
mero ámbito de las reglas sintagmáticas obligatorias. La vieja idea
estructuralista de que las lenguas obligan a pensar y categorizar el
mundo de determinada manera, delimitan posibles relaciones entre los entes e
impiden otras, e incluso organizan de
determinada manera nuestra relaciones intersubjetivas y a nosotros mismos en
tanto sujetos, se afianza con el concepto de código, se extiende a otros campos
simbólicos y habilita a las ciencias humanas de los años sesenta a impugnar la
idea -dominante en las diversas fenomenologías de los años 40 y 50- de un sujeto humano relacionado con el
mundo y con los otros desde una libertad y responsabilidad inalienables.
“Sujeto social” o “sujeto cultural” devienen, de hecho, sinónimos de “encrucijada de códigos
diversos”.
En segundo lugar, la noción de código afianzó la autonomía de
la semiología de origen estructuralista de la lingüística, contribuyendo a su
consagración como disciplina autónoma dentro de lo que por entonces se
denominaba ciencias humanas, al hacer visible que las lenguas eran un
“sistema de signos entre otros”, aún cuando, para muchos semiólogos, mantuviera
el privilegio de primer interpretante de la realidad.
Así un “humilde” código como el
semáforo, por ejemplo, podría entrar en un espacio de comparación, en tanto que
código,con las lenguas naturales, a
pesar de las obvias diferencias.
Si desarrolláramos esa comparacion encontraríamos, en primer lugar,
naturalmente, la convención social, que si en la lengua une una imagen
acústica a un concepto, en el semáforo une determinada señal luminosa con un
determinado significado (“puede avanzar”, “debe detenerse”, “proximidad de la
obligación de detenerse”, en nuestros semáforos de tres posiciones, obviamente:
el ejemplo se basa en ellos) .
En segundo lugar, la determinación
estructural de los significantes y de los significados. Aquí hallaríamos
similitudes y diferencias: por empezar, del lado del significante, nada existe
en el semáforo similar a los fonemas, a unidades mínimas del significante
estructuralmente determinadas; sin embargo, sus propios significantes también
se determinan estructuralmente dentro de ese código y no en otra parte: así, el
amarillo, el rojo y el verde no valen como colores en sí, sino en su mutua
diferenciación, por lo que no importa que el rojo tienda hacia el naranja o el
verde devenga azulado, sino que importa que uno no se confunda con el otro ni
con el amarillo, o dicho de otra manera: cada uno existe en su mutua
diferenciación del otro; y, aunque parezca más extraño, lo mismo sucede del
lado de los significados: aunque trabajando sobre una significación
pre-moldeada por la lengua -al menos de acuerdo a la hipótesis estructuralista
de la lengua como interpretante últmo de lo real- el código semáforo vigente en
nuestra ciudad organiza el campo de los significados -algunos dirán: de las
“conductas” posibles en torno a “conductas de tráfico”- en sólo tres lugares
que se autodeterminan mutuamente. Nuestro “avanzar”, por ejemplo, se conforma como significado tan sólo en
oposición a “detenerse” o a “proximidad de la obligación de detenerse”: así,
podríamos considerarlo un “avanzar sin aviso, de golpe” en comparación con el
“avanzar” de los semáforos porteños que plantean un cuarto significado
“prepararse para avanzar”.
En tercer lugar, en tanto que códigos, la lengua y el semáforo no sólo
determinarían unidades propias sino que establecerían las reglas para construir
sus mensajes de una manera y no de otra. Obviamente el código lengua puede generar un número innumerable de
mensajes, tendiendo al infinito (de allí su potencia singular, su carácter
“ejemplar” que la semiología estructuralista nunca dejó de reconocerle), el
código semáforo un número muy pequeño. Sin embargo ambos pueden hacerlo sólo
respetando ciertas reglas. Así, los mensajes lingüísticos se construyen a
partir de reglas sintagmáticas que autorizan determinadas combinaciones de
signos y no otras; los mensajes del semáforo no se construyen por combinación de signos sino por
una especie de “actualización” de sus significados a través de una alternancia
estricta que garantiza la buena formación de mensajes. El semáforo
produce el mensaje /puede avanzar/ sólo si la luz verde significando “avance”
sigue a la luz roja que significa “detenerse” y en ningún otro orden posible:
cualquier otro llevaría a mensajes “aberrantes”, por fuera de las posibilidades
que el código autoriza.
Por último, el semáforo también actúa como código al obligarnos a
posicionarnos de una manera determinada frente al tráfico (ya porque acatemos
sus mensajes, ya porque no los tengamos en cuenta), a concebirlo de una
determinada manera y no de otra, a partir de una red predeterminada de
posibilidades, así como la lengua, según el estructuralismo, nos obliga
a una determinada percepción de lo real.
En tercer y último lugar, cabe consignar que la noción de código cumplió
en la semiología estructuralista – y en algunas otras “ciencias humanas”- otra
función para nada menor: ser garantía de cientificidad, de pertenencia
al ámbito de las ciencias positivas.
Encontrar codificaciones operantes en un ámbito dado de lo humano,
detectar sus unidades, describir su funcionamiento, se transformó en una
especie de seguro incuestionable de estar haciendo “ciencia” y no “mera
especulación” o “metafísica” tradicional.
No es azaroso que la pérdida de certezas en torno al caráter
“científico” de los estudios sociales y culturales o la apuesta, en dicho
ámbito, por una concepción de ciencia claramente diferente a la idea de
“ciencia positiva”, haya coincidido con la “decadencia” de la noción de código
como concepto omniexplicativo en la semiótica y en otras disciplinas ligadas a
los estudios sociales y culturales. No es tampoco azaroso que alguien que
siguió defendiendo la idea de que la semiótica es en cierta manera una
ciencia positiva, el semiólogo Umberto Eco, haya podido escribir en 1984,
mirando hacia atrás, hacia los orígenes y usos múltiples de la noción que nos
ocupa, que “la noción de código ha permitido afirmar que, aun cuando existen
fenómenos en gran parte desconocidos, por el momento lo incognoscible en
principio no existe, porque siempre hay algo que puede estudiarse: el sistema
de las reglas, por profundas, por entrelazadas conforme al modelo de la red o
del laberinto, o por lábiles, transitorias, superficiales, y dependientes del
contexto y de las circunstancias que sean” (Semiótica y filosofía del
lenguaje. Barcelona, Lumen, 1998 (edición original: 1984), ps.
338/339).
Prof.
Rubén Biselli (03/03)